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Hambre global: ¿logrará el planeta sustentar a diez mil millones de habitantes?

Noticias3 weeks ago

Análisis

Se anticipa que la población mundial llegue a diez mil millones para el año 2050, y eventos como el cambio climático obligarán a la agricultura a generar más con menos recursos disponibles.

Por Yurdi Yasmi (*) – © Project Syndicate – Roma

14.02.2026 07:01 Actualizado: 14.02.2026 07:01

En la actualidad, el planeta enfrenta desafíos para nutrir a ocho mil millones de individuos. ¿Cómo se logrará alimentar a diez mil millones en 2050? Cubrir las demandas nutricionales de una población en expansión requiere no solo un aumento drástico en la producción de alimentos (principalmente de origen vegetal), sino también una repartición más justa para evitar que alguien padezca inseguridad alimentaria.

No se trata de una misión sencilla. El esquema alimentario existente ya está sobrepasado. Aproximadamente 673 millones de personas concluyen su jornada con hambre, y en 2025 se observaron dos hambrunas (en Gaza y Sudán), derivadas de conflictos, variaciones climáticas y el alza en los costos de los alimentos. Paralelamente, las métodos que empleamos para nutrir al mundo han deteriorado 1.660 millones de hectáreas (de las cuales el 60 % son tierras de cultivo).

El hambre a nivel global no surge de una incapacidad para generar suficientes alimentos, sino parcialmente de nuestra limitación para producirlos de forma eficiente y distribuirlos de manera equitativa. Los conflictos y la inseguridad alimentaria continúan siendo las causas primordiales del hambre en 20 países y territorios, afectando a casi 140 millones de personas con inseguridad alimentaria aguda.

Se calcula que los desastres han generado pérdidas en la agricultura por un valor de 3,26 billones de dólares en todo el mundo durante los últimos 33 años, lo que equivale a un promedio de 99.000 millones de dólares por año, o cerca del 4 % de la producción agrícola global; además, los incrementos abruptos recientes en los precios de los alimentos, motivados por la oferta, han empujado a decenas de millones de personas al hambre casi de inmediato. Lo más grave es que estas no son situaciones aisladas. Constituyen la nueva realidad.

Durante varias décadas, el sector agrícola ha respondido adecuadamente al crecimiento de la demanda, a través del desarrollo de variedades de cultivos con mayor rendimiento y un mayor empleo de insumos como fertilizantes, pesticidas y agua. Sin embargo, esta aproximación ha causado desperdicios innecesarios, contaminación de ríos, degradación del suelo y un aumento en las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Es necesario hallar un enfoque superior, y la ciencia puede contribuir. Ya contamos con el saber y las herramientas para optimizar el empleo de recursos y diversificar los cultivos.

Las prioridades

Una prioridad clave es elevar la eficiencia. Entre 1990 y 2020, el uso de fertilizantes aumentó un 46 % y el de pesticidas se duplicó. Pero solo entre el 30-60 % de los nutrientes de los fertilizantes y el 20-70 % de los pesticidas se absorbe; el remanente contamina ríos, degrada el suelo o libera GEI.

Afortunadamente, las investigaciones indican que optimizar el uso del nitrógeno puede elevar la producción hasta en un 19 % y disminuir drásticamente el empleo de fertilizantes entre un 15 y un 19 %. Una gestión mejorada de los pesticidas, mediante aplicaciones precisas, biopesticidas y el seguimiento de residuos, reduce el desperdicio de químicos y, al mismo tiempo, preserva la biodiversidad. Las prácticas agroecológicas, como el cultivo intercalado, la rotación de cultivos y la incorporación de árboles en los sistemas agrícolas, mejoran la salud del suelo, disminuyen la dependencia de insumos y refuerzan la resiliencia a largo plazo.

La segunda prioridad es diversificar el sistema alimentario. Décadas de avances en productividad han creado una dependencia riesgosa de solo tres cultivos. Hoy en día, la mayoría de las calorías consumidas en el mundo provienen del trigo, el arroz y el maíz. Esta reliance en monocultivos genera una gran vulnerabilidad ante plagas, enfermedades y el cambio climático.

La respuesta radica en los cultivos que hemos dejado de lado. Especies tradicionales subutilizadas (el mijo resistente, las legumbres ricas en nutrientes, las frutas autóctonas, el ñame robusto) proporcionan nutrición abundante junto con ventajas como la resiliencia climática. Iniciativas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, como Future Smart Food (en Asia) y 100 Crops for Africa, demuestran el potencial de estos cultivos ‘olvidados’ para diversificar las dietas, elevar los ingresos de los productores agrícolas y restaurar suelos degradados, todo al mismo tiempo.

Finalmente, es esencial expandir el uso de tecnologías probadas. Herramientas de análisis de datos y agricultura de precisión ya están revolucionando la agricultura. Los drones pueden sembrar semillas y aplicar insumos con precisión milimétrica. Las plataformas de inteligencia artificial pueden utilizar imágenes satelitales para brindar recomendaciones personalizadas en tiempo real. Robots que detectan malezas y las fumigan selectivamente evitan la aplicación generalizada de herbicidas. El análisis digital de suelos y estaciones meteorológicas pueden ofrecer datos para guiar decisiones cotidianas, y los pequeños agricultores pueden conectarse con mercados transparentes y trazables a través de sistemas de blockchain.

Expandir estas herramientas demandará inversiones considerables en servicios de extensión agrícola (para promover prácticas óptimas), ajustes significativos en políticas basadas en evidencia científica y plataformas para compartir conocimientos que ayuden a los agricultores a optimizar insumos. Además, la innovación continua debe integrarse en las prácticas locales, lo que requiere mayor colaboración entre gobiernos, inversionistas, el sector privado y los agricultores.

El objetivo es evidente: la agricultura debe generar más con menos (mejorar la eficiencia hídrica de los cultivos, las calorías por kilogramo de fertilizante y la producción de nutrientes por hectárea), en cada ciclo y en cada ubicación. Esto implica reemplazar paquetes industriales genéricos por sistemas resilientes y adaptados al contexto, alineados con las condiciones locales de suelos, regímenes hídricos, cultivos y clima.

Donde el mercado no proporcione acceso equitativo a la agricultura de precisión, la investigación financiada públicamente debe liderar, mientras la innovación privada expande lo que funciona. El obstáculo ya no es la ausencia de conocimiento, sino la voluntad política y la alineación de incentivos.

Incluso en escenarios de guerras frecuentes, sequías y desorden en los mercados, es factible lograr producción estable y precios accesibles. La clave reside en la resiliencia de los suelos, la diversificación de cultivos y la gestión precisa. Erradicar casi por completo el hambre, permitir que los agricultores prosperen, regenerar suelos, evitar la contaminación del agua, recuperar la biodiversidad y minimizar las emisiones de GEI en los sistemas agroalimentarios no es una utopía. Es el resultado realista de adoptar un modelo agrícola diferente antes de que el actual falle.

La única interrogante es si utilizaremos el conocimiento, la ciencia y las herramientas probadas que ya poseemos. Las generaciones venideras no cuestionarán si existían soluciones, sino por qué demoramos tanto en implementarlas. La decisión nos corresponde, y el primer paso es transformar la ciencia en prácticas concretas.

(*) Director de la División de Producción y Protección Vegetal de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

Más de 670 millones de personas viven con hambre

Alrededor del 8,2 % de la población mundial, unos 673 millones de personas, sufrió hambre en 2024, según la estimación más reciente de la ONU, y aunque para ese año se registró un progreso en comparación con el 8,5 % global de 2023 y el 8,7 % de 2022, la mejora no fue uniforme en todas las regiones.

De acuerdo con el informe ‘El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (2025)’, para 2024 el hambre impactó a unos 307 millones de personas en África, el 20,2 % de la población de la región; 323 millones en Asia (6,7 %) y 34 millones en América Latina y el Caribe, el 5,1% de la población.

Aunque regiones como Asia meridional y América Latina redujeron su prevalencia de subalimentación -por ejemplo, América Latina y el Caribe pasó de 6,1 % en 2020 a 5,1 % en 2024-, esta tendencia contrasta con el incremento constante del hambre en África y Asia occidental. Además, según el informe, se prevé que en 2030 casi 512 millones de personas padecerán subalimentación crónica, de los cuales casi el 60 % estará en África.

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