
Se espera que la población mundial llegue a diez mil millones para el año 2050, y factores como el cambio climático obligarán a la agricultura a generar más con menos recursos disponibles.
Las condiciones actuales requieren la adopción de sistemas agrícolas adaptados a cada entorno, considerando aspectos locales como suelos, patrones de agua, tipos de cultivos y clima.
En la actualidad, el mundo enfrenta dificultades para nutrir a ocho mil millones de individuos. ¿Cómo se logrará alimentar a diez mil millones en 2050? Cubrir las demandas nutricionales de una población en expansión exige no solo un aumento significativo en la producción de alimentos, principalmente de origen vegetal, sino también una distribución más justa para eliminar la inseguridad alimentaria.
Esta meta representa un desafío considerable. El sistema alimentario existente ya está sobrepasado. Aproximadamente 673 millones de personas terminan cada día con hambre, y en 2025 se registraron dos hambrunas en Gaza y Sudán, provocadas por conflictos, interrupciones climáticas y el alza en los precios de los alimentos. Además, las métodos actuales para alimentar al planeta han deteriorado 1.660 millones de hectáreas, de las cuales el 60% son tierras cultivables.
El hambre global no surge de una incapacidad para generar suficientes alimentos, sino parcialmente de la ineficiencia en su producción y distribución equitativa. Los conflictos y la inseguridad alimentaria continúan siendo las causas principales de hambre en 20 países y territorios, afectando a casi 140 millones de personas con inseguridad alimentaria aguda.
Se calcula que los desastres han generado pérdidas agrícolas por un valor de 3,26 billones de dólares a nivel global en los últimos 33 años, con un promedio anual de 99.000 millones de dólares, equivalente al 4% de la producción agrícola mundial. Además, los incrementos bruscos en los precios de los alimentos, impulsados por problemas de suministro, han llevado a decenas de millones de personas al hambre de manera repentina.
Estas situaciones no son eventos aislados; forman parte de la nueva realidad. Durante décadas, el sector agrícola ha respondido al crecimiento de la demanda mediante variedades de cultivos de alto rendimiento y un mayor empleo de insumos como fertilizantes, pesticidas y agua. Sin embargo, esta aproximación ha causado desperdicios innecesarios, contaminación de ríos, degradación del suelo y un aumento en las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
Es necesario encontrar enfoques mejorados, y la ciencia puede contribuir. Ya contamos con el conocimiento y las herramientas para optimizar el uso de recursos y diversificar los cultivos.
Una prioridad clave es elevar la eficiencia. Entre 1990 y 2020, el uso de fertilizantes aumentó un 46%, y el de pesticidas se duplicó. Sin embargo, solo entre el 30% y el 60% de los nutrientes de los fertilizantes y entre el 20% y el 70% de los pesticidas se absorben; el resto contamina ríos, degrada suelos o emite GEI.
Las investigaciones indican que optimizar el uso de nitrógeno puede incrementar la producción hasta en un 19% y reducir el empleo de fertilizantes entre un 15% y un 19%. Una gestión mejorada de pesticidas, a través de aplicaciones precisas, biopesticidas y monitoreo de residuos, minimiza el desperdicio químico y protege la biodiversidad. Prácticas agroecológicas, como el cultivo intercalado, la rotación de cultivos y la integración de árboles en sistemas agrícolas, mejoran la salud del suelo, disminuyen la dependencia de insumos y fortalecen la resiliencia a largo plazo.
La segunda prioridad implica diversificar el sistema alimentario. Décadas de avances en productividad han creado una dependencia riesgosa de solo tres cultivos principales: trigo, arroz y maíz, que proporcionan la mayoría de las calorías consumidas globalmente. Esta dependencia en monocultivos genera vulnerabilidad a plagas, enfermedades y al cambio climático.
La solución radica en cultivos tradicionales subutilizados, como el mijo resistente, legumbres ricas en nutrientes, frutas autóctonas y el ñame robusto, que ofrecen nutrición abundante junto con beneficios como la resiliencia climática. Iniciativas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, como Future Smart Food en Asia y 100 Crops for Africa, demuestran cómo estos cultivos “olvidados” pueden diversificar dietas, elevar ingresos de productores y restaurar suelos degradados de forma simultánea.
Finalmente, es esencial expandir el uso de tecnologías probadas. Herramientas de análisis de datos y agricultura de precisión ya están transformando el sector. Los drones pueden sembrar semillas y aplicar insumos con precisión milimétrica. Plataformas de inteligencia artificial utilizan imágenes satelitales para proporcionar recomendaciones contextuales en tiempo real. Robots que detectan malezas y las fumigan selectivamente evitan aplicaciones indiscriminadas de herbicidas. El análisis digital de suelos y estaciones meteorológicas ofrecen datos para guiar decisiones diarias, y los pequeños agricultores pueden conectarse a mercados transparentes mediante sistemas de blockchain.
Expandir estas herramientas demandará inversiones sustanciales en servicios de extensión agrícola para promover mejores prácticas, cambios en políticas basados en evidencia científica y plataformas de intercambio de conocimientos para optimizar insumos. Además, la innovación continua debe integrarse a prácticas locales, requiriendo mayor colaboración entre gobiernos, inversores, el sector privado y agricultores.
El objetivo es claro: la agricultura debe producir más con menos, mejorando la eficiencia hídrica de cultivos, calorías por kilogramo de fertilizante y nutrientes por hectárea, en cada ciclo y ubicación. Esto implica reemplazar paquetes industriales universales por sistemas resilientes adaptados a condiciones locales de suelos, regímenes hídricos, cultivos y clima.
Donde el mercado no proporcione acceso equitativo a la agricultura de precisión, la investigación financiada públicamente debe liderar, mientras la innovación privada escala lo efectivo. El limitante ya no es la falta de conocimiento, sino la voluntad política y la alineación de incentivos.
Incluso en contextos de guerras recurrentes, sequías y desorden en mercados, es posible lograr producción estable y precios accesibles. La clave reside en la resiliencia de suelos, diversificación de cultivos y gestión precisa. Eliminar casi por completo el hambre, permitir que agricultores prosperen, regenerar suelos, evitar contaminación de agua, recuperar biodiversidad y minimizar emisiones de GEI en sistemas agroalimentarios no es una utopía. Es el resultado realista de adoptar un nuevo modelo agrícola antes de que el actual falle.
La única interrogante es si utilizaremos el conocimiento, la ciencia y las herramientas probadas que ya poseemos. Las generaciones futuras no cuestionarán si existían soluciones, sino por qué demoramos en implementarlas. La decisión es nuestra, y el primer paso es convertir la ciencia en prácticas reales.
Yurdi Yasmi es director de la División de Producción y Protección Vegetal de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. © Project Syndicate.
Alrededor del 8,2% de la población mundial, unos 673 millones de personas, experimentaron hambre en 2024, según la estimación más reciente de la ONU. Aunque hubo un progreso respecto al 8,5% global en 2023 y el 8,7% en 2022, la mejora no fue uniforme en todas las regiones.
De acuerdo con el informe “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (2025)”, en 2024 el hambre afectó a unos 307 millones de personas en África (20,2% de la población de la región), 323 millones en Asia (6,7%) y 34 millones en América Latina y el Caribe (5,1% de la población).
Aunque regiones como Asia meridional y América Latina redujeron su prevalencia de subalimentación —por ejemplo, América Latina y el Caribe pasó de 6,1% en 2020 a 5,1% en 2024—, esta tendencia contrasta con el aumento constante del hambre en África y Asia occidental. Además, el informe proyecta que en 2030 casi 512 millones de personas sufrirán subalimentación crónica, de los cuales casi el 60% estará en África.






